Reseña en dos movimientos sobre el diálogo platónico “Menón o de la
virtud”
Instrucciones
para leer el presente escrito:
Cada uno de los movimientos de esta reseña se inspira en dos segmentos
poblacionales claramente definidos y abiertamente opuestos. Al ser profunda
esta polarización y al no pertenecer en absoluto todos los posibles lectores a
uno de los bandos del espectro que aquí utilizo, sea la afinidad con la
caracterización que hago a continuación lo que determine el curso de su
lectura. Entonces, si usted es o se acerca al tipo de persona familiarizada
someramente con la filosofía, si es un lector avezado, si es ya un iniciado en
los intrincados caminos de la razón, por favor, para evitar herir
susceptibilidades intelectuales que puedan derivar en una rotunda condena con
aires de censura hacia esta reseña, lea el Proemio, continúe con el Primer
movimiento y evite leer el Segundo y último de los movimientos. En oposición,
si a usted la filosofía no le interesa, si no lee o es un lector eventual, si
entre sus preferencias no se encuentra la exploración de los vastos campos de
la razón, y con el fin de que no pierda interés en este escrito, por favor, lea
el Proemio y continúe con el Segundo movimiento; evite la lectura del Primer
movimiento, pues corre el riesgo de caer en un profundo sueño que le impediría
llegar hasta el Segundo movimiento, en el que podría hallar algo que usted
entendería y que, además, es posible que termine siendo de su interés.
Proemio
¿Es enseñable
la virtud? ¿Se aprende la virtud? ¿Es innata la virtud? ¿Es una ciencia la
virtud? ¿Una virtud? ¿La virtud? ¿Las virtudes? ¿Virtud?
Primer movimiento, para
versados
(Nota al lector lego: Entiéndase esto como
un escrito ‘académico’)
Usted: un intelectual, un entusiasta de la filosofía, un sediento de
conocimientos, una masa que vibra con la magia de las palabras, un ser avocado
hacia el pensamiento, un humano con irrefrenable inquietud con las peripecias
de la razón como objeto, un ratón de biblioteca, un muerto. A usted, que
probablemente ya ha releído incontables veces la obra platónica, dirijo mi
palabra.
Indagar sobre los fundamentos de los conceptos sobre los cuales se
erige sistema de pensamiento alguno: placer que, en sí mismo, representa ya una
excusa de sensatez hedonista
para volver sobre las páginas de los diálogos perpetrados en la historia de la
filosofía gracias a la escritura de Platón.
El “Menón” entre estos textos sobresale por diversas características,
de las cuales enunciaré tres, a saber, (i) en su parte formal, por ser el más
corto de los diálogos en los que interviene Sócrates; (ii) en la simbiosis
entre forma y fondo, por reunir con magistral manera –por tratarse de un texto
de tan corta extensión– los dos recursos metodológicos que, para conseguir sus
propósitos, empleaba. Son estos, como es conocido, (a) la ironía para demostrar
a quienes se ufanaban de sapiencia que en realidad sus conocimientos no se
basaban sino en vigas de arena que no resistían la más mínima tempestad
argumental, y (b) la mayéutica, para ‘hacer parir verdades a los hombres’
apelando únicamente a su sentido común; (iii) en su contenido, por la primacía
que tiene la discusión sobre la virtud y sus formas de enseñanza y aprendizaje.
Metaforizando
el propósito de Sócrates en este diálogo, su lectura estaría justificada en el
acto de volver a las raíces de los sistemas de pensamiento que han dirigido los
destinos fácticos e intelectuales de occidente. Con seguridad, en este retorno a
los cimientos de nuestra cultura usted se topará no sólo con preguntas por
fortuna irresolutas y gracias a las cuales han sido derramados océanos de tinta,
tales como ¿qué es la virtud?, ¿qué puede ser enseñado?, ¿qué papel debe
desempeñar el ejemplo en la enseñanza?; sino con respuestas parciales a esos
interrogantes que, de haber sido consideradas por quienes han querido dirigir
–y, con ello, modificar– el destino de la humanidad, sus intentos por
perfeccionar la convivencia entre los hombres probablemente no hubieran tenido
resultados tan adversos.
“Insensato”
sería pues el mote de quien acusare a Sócrates de dar a luz una forma de pensar
aparentemente inofensiva, incluso fértil, pero responsable de grandes monstruos
teóricos cuya fuerza ha sido suficiente para cegar cantidades ingentes de
vidas, logrando así agigantar el mal que se proponía solucionar; pues si tan
solo el “Menón” hubiese sido objeto de una lectura reflexiva en los albores de
la Ilustración (por citar uno de tantos ejemplos), podría haberse advertido a
tiempo que el modelo educativo –siendo eso, en el fondo, la concepción de la
naturaleza del hombre– con el cual se pretendía contener la bestialidad
inherentemente humana, carecería de suficiencia para alcanzar tal fin.
Descubrir que
los males de la humanidad, en términos generales, han sido los mismos desde
hace más de dos mil quinientos años y que, desde ese mismo tiempo, han sido
desechadas por insuficientes e inútiles las bases de todos los remedios que
hemos utilizado desde entonces hasta hoy en materia educativa para curar dichos
males: he ahí un buen pretexto para releer con detenimiento las añejas páginas
del “Menón”.
Segundo movimiento, para
legos
(Nota al lector versado: Entiéndase esto, en
general, como un escrito ‘antiacadémico’ y, en particular, como una
caricaturización –si se quiere, vulgarización– de Sócrates y, con ello, de la
filosofía)
Usted: una persona común, un desentendido de los temas de la filosofía,
un vago, un reciclador, un acumulador de experiencias, un hombre que mucho vive
y poco piensa, un ignorante, un ser humano. A usted, que quizás de un tal
Sócrates haya escuchado hablar por lo menos una vez en su vida; a usted hablo
ahora.
Es probable que no me lo crea, pero ese tal Sócrates del que tanto se
habla en colegios y universidades, ese del que en facultades de filosofía se
construyen altares en los que a diario se congregan grandes cantidades de estudiantes
para elevar cánticos, vivas y padre nuestros, se veía como un camionero
cundiboyacence: feo, barrigón, caripeludo y desgualetado. Era, además, un viejo
borracho y un bisexual practicante. Pero tenga cuidado, pues aunque no es ese
el motivo de la adoración que se le profesa, no es este del todo lejano a lo
que podría ser el gremio de los camioneros, de los indigentes, de los políticos
o de los filósofos. Así pues, aunque esto pueda resultarle ridículo en
principio, ese tal Sócrates es ampliamente conocido por una frase cuya
traducción más fiel del griego clásico sería: “Sólo sé que no se nada”.
Adelante: indígnese, desconciértese; pero, de nuevo, vaya con cautela, pues
aunque esa es una gran parte de lo que constituye el valor que después de
transcurridos más de veinte siglos sigue teniendo Sócrates, no he hecho mención
del factor que le daría su justificada relevancia. Así, tal y como debe estar
desconcertado usted por saber que uno de los filósofos más recordados de todos
los tiempos alcanza su fama afirmando que es un ignorante, lo que le otorga
particularidad a este personaje es que supo desconcertarse e indignarse, pero
no con quienes se decían ignorantes sino, precisamente, con los que se creían
poseedores de la verdad. Con quienes consideraban la ignorancia como un mal
lejano a ellos. Si con esto que digo no encuentra aún respuesta satisfactoria a
la pregunta por la grandeza histórica de Sócrates, diríjase a la biblioteca más
cercana o a un puesto de dulces cercano a un juzgado y pregunte por un libro
titulado “La apología de Sócrates”, escrito por Platón. Anímese, no tiene nada
por perder: es una obra de primordial importancia en toda la historia de la
filosofía, está escrita en un lenguaje comprensible, no tiene más de cuarenta
páginas y no vale más de dos mil quinientos pesos.
Siguiendo con
este retrato de Sócrates, es ineludible poner en conocimiento que no era este
un desconcertado pasivo. Se interesaba por indagar sobre los fundamentos en los
que se basaban quienes se consideraban ‘sabios’ para así autocalificarse. Esto
lo lleva a tener largas conversaciones con los supuestos sabios, en las que
utilizando una acentuada ironía y la contraposición de preguntas y metáforas,
logra hacerle ver a esos personajes que en realidad es muy poco lo que saben.
Deténgase un momento y responda la siguiente pregunta: ¿En qué nivel de estima
tendría usted a alguien que se empeñara no sólo en demostrar lo poco que usted
sabe sobre la ocupación de su interés, sino que hiciera lo mismo con cuanta
persona dialogara? La respuesta mayoritaria es evidente: sería tomado por un
provocador y buscapleitos, por un fastidioso. Fue esa precisamente una de las
razones por las cuales, en la Grecia antigua, Sócrates se ganó el desprecio de
una gran cantidad de personas. Tal desprecio derivó en la condena a muerte que,
enfrentada con valentía, dio fin a la vida de ese personaje incómodo.
Pero dejando a
un lado el tema de la muerte, la vida y, con mayor precisión, la búsqueda de la
mejor forma de encausarla, fue uno de los temas que más interesó a Sócrates.
Una muestra de esto puede ser vista en el diálogo “Menón o de la virtud”. En
ese texto, escrito por Platón, encontramos a Sócrates satisfaciendo uno de sus
mayores placeres: la discusión. El tema que lo motiva a discutir en el diálogo
mencionado es la virtud, que, para no complicar las cosas, se puede entender como
bondad.
Seré
condescendiente: Es cierto que la filosofía suele ocuparse de temas que solo
los especialistas pueden entender (o que ni ellos entienden), siendo esa una de
las principales causas de la reticencia y el desprecio con los que la gente
poco familiarizada con el tema reacciona cuando se habla sobre este, como
Mafalda con la sopa. Pero, tal vez para su sorpresa, la filosofía también se
ocupa de cosas cotidianas y que tienen que ver con la vida de todo ser humano.
En el “Menón” (texto sobre el cual versa este escrito), usted podrá encontrar
una muestra de ello.
Si usted quiere,
pues, tomarse un momento para saber qué tiene para decir sobre la bondad –sobre
su definición, la forma de aprenderla, la forma de enseñarla, sus límites, sus
componentes y algunas otras extensiones del mismo tema– un sabio que ha
sobrevivido a más de dos mil quinientos años de historia –más que el mismo
Jesús–, no dude en leer el “Menón”. Si aún no logro convencerlo de leer ese
texto, le advierto: El “Menón” es el escrito más corto de Platón en el que
aparece Sócrates haciendo una muestra precisa de todas sus habilidades
oratorias, así que, si se queda sin leerlo, lo más probable es que nunca pueda
conocer a ese gran personaje. En ese caso, le dejo dos frases para que
fundamente su elección de no leer el texto mencionado, es decir, para que no
dude sobre su virtuosismo, para que se autocomplazca: La primera, de un
filósofo suicida que se aferró a la vida únicamente por la fascinación que le
generaban la idea de la muerte y la amargura de la existencia, quien murió de
vejez, de nombre Émile Michel Cioran, que no necesita explicaciones: <<¿Para
qué releer a Platón cuando un saxofón puede hacernos entrever igualmente otro
mundo?>>
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La segunda, de Nicholas Payton, trompetista de jazz que ante la pregunta por la
definición de la música que tocaba respondió así, procediendo de forma
abismalmente opuesta a la utilizada por Sócrates: <<Cuando de verdad
estás creando no tienes tiempo para pensar en el nombre de lo que estás
haciendo. ¿Quién piensa en cómo le va a poner al bebé mientras folla?>>
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