Las babas de la marquesa chorreaban
mientras sus glúteos recibían el golpeteo tierno de su ahijado, Jacinto. Este
chicuelo, en su honda ternura supuesta, tenía licencia para hacer lo que a todo
plebeyo, noble o cortesano estaba vedado. Era en él en quien se encarnaban los
deseos de todos los hombres de la comarca.
Niño: Hombre pequeño en quien
todo vicio es bien visto.
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